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Historias sobre bicicletas

“Andar en bicicleta es algo que nunca se olvida”
“Es como andar en bicicleta”

Con toda seguridad yo no olvido cómo montar bicicleta. Como todo niño, comencé andando en bici con rueditas atrás, al llegar a los cuatro años y medio o quizás cinco mi papá decidió que era momento de que dejara atrás las rueditas. Tras unos pocos intentos frustrados en el estacionamiento del edificio dejó de presionar y volvió a atornillar las rueditas a la bici, una de esas que cuando uno es niño parecen más grandes que uno. Un día me llevó al parque Las Ballenas confiado de que sí lograría yo andar sin las rueditas. Baja la bici del carro, la coloca sobre la acera y me monta a mí en ella, me dice: ahora, quiero que cuando yo te diga comiences a pedalear, yo asiento y él se va al carro. Momento después me da la orden y él arranca a la par. Todo lo que yo recuerdo es el girar y caer en el pavimento y luego mi mamá quejándose por mi diente roto. Un gran intento fallido que gracias a dios no fue retratado con ninguna caricatura.

Después de eso no volví a montar bicicleta sino hasta los doce. Para ese momento mi mamá había comprado dos lindas y grandes bicicletas, una roja para mi y otra azul para ella. Quedamos en que cada quien usaría la suya, pero como siempre ocurre con las cosas suyas, yo terminé usando ambas. Cierto día necesitaba ir al curso de inglés y decidí en vez de tomar un autobús irme en bici, más o menos dos cuadras después de salir comenzó a llover, yo iba por la caminería y todo estaba bien. Mi suerte cambió cuando decidí pasarme a la otra acera y luego de regreso (todo debido al mal drenaje de las calles en esta ciudad). Entre tanto tráfico un carro terminó chocando contra mí, resultó ser una pareja que trabajaba en la biblioteca del Hospital Central. Hasta allá fui a tener ya que insistieron en llevarme, lo único que yo pensaba para mis adentros era: ¡por favor que nadie me reconozca! ¡Más vale que nadie me reconozca! ¡Que mi mamá no se entere! ¡Oh por dios que coño hago yo aquí! ¡Ya ni llego al curso, oh oh que no llamen a mi mamá!

Después de recorrer el hospital entero, y no encontrar quien me atendiera (menos mal) convencí a la chica de que yo podía arreglarme si tan sólo encontraba un baño. Estando allí tome mi camisa blanca teñida por el barro de la calle, la lavé y con ella me lavé el rostro. Cortadas por todos lados, un agujero debajo del labio, raspones en las rodillas. Y seguía lloviendo. La pareja se sentía tan mal conmigo que aceptaron llevarme a mi casa, el chico llevó mi bici (que en realidad era la azul de mi mamá que sufrió un leve dislocamiento del volante).

Mi mamá sólo se enteró de la caída y yo tuve que encargarme de arreglar el volante y curar todas mis heridas excepto el huequito debajo del labio, que entre mis amigos hacía pasar por un pircing. Nada grave comparado con los dos huecos en las rodillas a causa de caerme del monopatín saliendo de mi colegio en una bajada con una pendiente de 60% aproximadamente. Fue en esos días del paro petrolero, y yo andaba en monopatín por la ciudad. Mi querido amigo Giacomo se tomó la molestia de arreglar un detallito que tenia el volante, el problema es que lo atascó y ni modo, al pavimento fui a dar. Para mala suerte mía no pude escaparme de allí corriendo, el guardia de seguridad me había visto y me hizo entrar y ser vista por mis compañeros con mis dos huecos en las rodillas para luego darse cuenta de que la enfermera no estaba. Solo me dejó ir luego de que le rogué. Mis uniformes los regalé pero ese pantalón todavía lo tengo como recuerdo. Nada como bajar a Las Delicias y sentir la brisa en la cara y la gente gritando al ver la imprudencia de ir por el medio de la calle, que para mí era sencillamente genial.

Mariana M.